La vida por un blackberry


Es un ingenioso recurso tecnológico. Muchísimas personas lo tienen como una eficaz herramienta de interacción e información; son la continuación del vertiginoso avance de los tiempos modernos. Un singular aparato que tiene la virtud de comunicarte con el mundo a través de sus múltiples ventajas comparativas. Sin embargo, todo lo que brilla no es oro, existe toda una fauna de historietas amarillentas en todo esto. Muchísimas personas de extracción humilde han dejado hasta de comprar lo indispensable por poseer un blackberry, que los coloque en algún momento, al mismo nivel de sus jefes. No importa, si comprenden poco de aquel sinnúmero de funciones que expone el moderno teléfono como su carta de presentación. Lo grave del asunto es el trasfondo psicológico del mismo. Gruesas capas de la población se dejan cautivar por el snobismo de la propaganda. En la pérdida de los valores familiares, algunos sustituyen el abrazo, por la adquisición de cosas que en realidad no necesitan. Privarse de lo elemental para comprar lo accesorio es poco racional. Funciona como una especie de revancha con la vida. La realidad los ubicó en el barrio marginal, desde allí nace un grito de redención contra lo establecido: nosotros también, los de abajo, podemos cargar entre las escasas pertenencias, un aparatito de esos que hacen delirar a los niños bien y a sus risueñas jevas.

Suena como una historia urbana. Las estadísticas policiales deben estar observando cómo en los últimos meses, se han incrementado de manera alarmante los asesinatos por el robo de los blackberrys. Son en su mayoría personas muy jóvenes que defienden hasta con su vida al famoso teléfono. Se cuentan cosas extraordinarias como el de una muchacha del oeste caraqueño que trabajó durante meses en la buhonería para comprar su teléfono anhelado. Al salir de la tienda la esperaban dos maleantes en moto. Se abalanzaron contra ella, la joven luchó desesperadamente por sostener en sus manos el fruto de su sacrificio; un disparo directo al estómago acabó con sus ilusiones. Dejó un hogar enlutado con una niña de meses que jamás volverá a ver el rostro de su madre. Con unos progenitores parapléjicos; uno olvidado en un viejo cuchitril y el otro en una silla de ruedas que donó un político en campaña. Las investigaciones arrojaron que aquella infortunada mujer debía cuatro meses de renta, que habia desarrollado una verdadera obsesión por tener un aparato de los mismos que poseía su fugaz compañero romántico, quien la embarazó y la dejó abandonada a su suerte. Asi como ésta, son incontables los episodios en donde se demuestra que vivimos en una constante búsqueda de elementos, que no son más importantes que: la familia, los principios y la vida. Perdimos las perspectivas y dejamos que se nos averiara la cacareada escala de valores. Alguien defiende un blackberry como si se tratase de preservar su honor. El asaltante asesina al inocente para robarle un teléfono. ¡Bonito futuro tenemos, si seguimos así!

Hace treinta años, por ejemplo, la moda era trotar por el Ávila, con un aparato Walkman; la gente se imaginaba ser el hombre con la catirota de la propaganda. Aquel albur épico del valor del consumismo murió de manera irremisible. No pudo soportar que se hiciera viejo, que su novedosa propuesta comenzara a decaer hasta terminar, retirado del mercado hace algunos meses.

Es importante colocar cada cosa en su justo lugar. La tecnología es fundamental para las sociedades. Imaginémonos a los comunicadores sociales sin estos recursos. Lo que no podemos es entregar nuestra vida, por un aparato que mañana será otra cosa que botar.

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